"-Frecuentando cotidianamente el grupo Aragón, allá por el año '85, estabamos varios amigos amparados ( o mejor dicho escondidos) en la oscuridad reinante en el paseo de rocas junto al mar, en la estrecha ladera de la loma Santa Cecilia, a pasos de la puerta que se incrusta en las rocas (la puerta encadenada), fumando placidamente y haciéndo chistes...
Repentinamente surgió ante nosotros un hombre de baja estatura, de cuerpo tosco y a la vez forzudo. Apareció de entre las sombras y vimos sus ojos tremendamente enfurecidos y amenazadores.
levantó un gran barrote de hierro y con voz alucinada nos gritó: -¿qué están haciéndo acá?, ¡No se muevan!.
Nosotros quedamos petrificados.
Con su barrote de hierro alzado prosiguió: -¡ Yo casi no duermo para vigilar las atrocidades que ocurren aquí por las noches!, díganme ustedes: ¿ acaso ignoran que este sitio es muy peligroso?. Robos, muertes, violaciones... ¡mucha maldad!.
(la cadena sonaba con cada movimiento que el guardián de la noche realizaba con sus brazos. Los engarces de hierro crujían como un látigo).
Un hilo de transpiración helada corría por nuestras nucas. Nosotros nos mirábamos de reojo, eramos plenamente conscientes de que corríamos un grave peligro ante aquel demente armado.
El tipo prosiguió en su discurso: - A mi no me importa que estén fumando, pero si los agarro haciéndo algo malo los muelo a garrotazos. ¡Yo estoy atento a todo lo que ocurre aquí y es por esa causa que no puedo dormir!. Tengo que vigilar para atrapar a los malditos hijos de puta que cometen esas acciones todas las noches...
No se confundan, yo no soy policia, pero nada de lo que se haga en este paraje escapa de mis ojos, culminó.
Recién entonces nos animamos a decirle algo: Nosotros no hacíamos nada malo allí, sólo estabamos conversando. Ni se nos ocurriría desafiar su vigilancia, eramos gente tranquila, podía estar seguro de ello.
Luego de nuestras disculpas el guardián se fue. seguimos oyendo el ruido de su cadena por un instánte, mezclándose con el estampido de las olas en el granito.
Terminamos el faso y nos alejamos de allí con paso acelerado. Nadie se animó a decir nada, pasamos en silencio frente a la puerta prohibida y al mirarla de reojo el candado me pareció más grueso que nunca.
Bordeamos la empinada ladera y continuamos el trayecto bajo el influjo de la luna.
Los gemelos impávidos seguian alimentandose de la loba,con ínfulas de indiferencia-".
Este texto ya añejo, es otra de las anotaciones que G. realizó en su libreta de fuego. Hay un rastro llamativo: uno puede advertir la presión de la birome en la hoja, la inquietante caligrafía, el nerviosismo o incomodidad al momento de registrarlo...
miércoles, 18 de noviembre de 2009
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