domingo, 7 de febrero de 2010

La mirada de Vincent:

Fue entonces cuando salió al sol, arrastrando sus cobijas hacia el patio de la casa. Las extendió sobre el cesped -al que hacía ya un tiempo considerable que no se lo cortaba- sentándose sobre sus frazadas, las que utilizó entonces como a una alfombra. Tomó así conciencia que hacía un mes que no salía a la intemperie.

Extendiéndo de a poco sus articulaciones, mirando las efímeras formas de las nubes flotando en un cielo celeste licuado, tomando en sus manos un libro fue generando la tranquilidad necesaria como para concentrarse en él. En primera instancia se obligó al ejercicio de la lectura, pero apenas pasados unos minutos ya se sentía a gusto con el relato autobiográfico de Miller.

El paso siguiente fue ir hacia el modular del comedor en búsqueda de una enciclopedia temática de pintura sobre el movimiento impresionista. Fue así que surgió en G. una fuerza creciente y una fiebre transmutada en pasión.
Repentinamente fue por unos lápices y unas hojas blancas que había visto entre las pertenencias de Nino y entonces -aún sin conocimientos del oficio- comenzó a dibujar.
Eligió uno de los autorretratos de Vincent Van Gogh, aquel en que está rapado y lleva una medalla en su cuello. La fuerza de la imágen lo obsesionaba, la mirada angustiada pero a la vez poderosa del pintor holandes le transmitía un mensaje indudable: allí no había sumisión, sino un desafío al borde de lo razonable: era la mirada de un visionario.

Trabajó muchas horas con los lápices, tratando de obtener una versión medianamente digna de la obra, y en procura de esa finalidad perdió la noción del paso de las horas, reconcentrado en las líneas, los sombreados, las marcas del grafito sobre el papel...
Ya no estaba en Fisherton, ni sentía los dolores propios de la enfermedad. El aire y el tibio sol de fines de invierno acariciaban su rostro.

Cuando culminaba la tarde su dibujo estaba concluído.

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