La enfermedad comenzó a crecer dentro de su cuerpo paralelamente a una espiral mental edificada día a día. De pronto, encontrarse en ese cuarto -que sería su prisión- lo llevó a enfrentarse a todo lo ocurrido, pero en una forma nueva, infinitamente potenciada ya que solamente restaba pensar y pensar a fin de comprenderlos desaciertos.
G. llegaba a intuír que aquella maquinaria emocional que lo habia unido y luego separado abruptamente de las personas a quienes más amaba había convertido su propia naturaleza en algo muy parecido a una olla de presión colocada sobre el fuego.
Así el destino lo condenaba ahora a esa enfermedad que lo postraría por un largo tiempo.
A la vez su mente lo condenaba al espiral en donde las caras, los hechos y las almas desfilarían constantemente como fantasmas.
No había podido jamás separar ambas erupciones: su incapacidad de movimiento resultaba paralela a la incapacidad de escribir en aquellas circunstancias, ya que el desorden de su organísmo era el desorden de sus ideas.
La debilidad de su espíritu era tanta como la debilidad fisica, su sangre y su ser se hallaban dispersos y contaminados. Y sin embargo, todo ese mosaico que formaban sus partes desorganizadas resultaban entonces un símbolo agónico que debía ser por él descifrado. Un símbolo unído al de otros seres a los que el destino también jugaría una dura pulseada.
Hay una imagen, recuerdo de la situación de estar atrapado en Fisherton luego de la estampida, que jamás se borraría de su mente: uno de los problemas a resolver era cómo alimentarse, pues durante la hepatitis debía seguir una dieta muy estricta, y en ese contexto Fisherton se volvía un problema a causa de la precariedad, los pocos puntos de abastecimiento existentes en el barrio y la falta de una heladera en la que conservar dichos alimentos.
Fue entonces que Nino le propuso a G. comprar un cajón de manzanas verdes en el mercado central.
Volvió con la compra realizada, la que seguramente debió transportar en el colectivo, lavó una por una las manzanas y las depositó como una ofrenda a los pies de su amigo. Luego desapareció. Té y manzanas pasó a ser la exclusiva dieta de G. por un largo tiempo.
En la soledad de la precaria vivienda, con el odioso canto de las chicharras durante los dias y el ahullido de los perros por las noches, sin hablar con nadie durante casi cuarenta días, sintió el rigor de aquella encrucijada macabra.
Pensó entonces que la enfermedad se había apoderado de su ser como un símbolo del rompecabezas en que su vida se había convertido, como una especie de alternativa final.
necesitaría mucho tiempo para distinguir las fuerzas que interactuaban entonces, en aquellos días cargados de inusitadas potencias enfrentadas.
Su enfermedad (lo sabría al vencerla) era más que un desequilibrio físico, tenía su origen en las tormentas por las que había cruzado tensionando en extremo sus nervios, era entonces una especie de alternativa final en la que todo se ponía en juego: o esas fuerzas desatadas lo vencían, o él las doblegaba (ésto como alternativa última). De lo contrario sobrevendría su fín.
jueves, 4 de febrero de 2010
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